Es una joven como yo, que anda descalza por las montañas de su imaginación. Allí ha encontrado la fórmula para no perderse en recovecos sin importancia. Nimiedades de la vida que terminan acaparando todo lo que sos. Esta tarde- que no es hoy- me ha llamado, me ha preguntado cómo estoy, le he dicho que muy bien, que gracias. Las mismas respuestas para todos, no hay mucho que pensar, el botón que dice automático lo tengo prendido desde hace un buen tiempo. Sin embargo, ella sabía, como todos, que el "muy bien" era una respuesta más, tan vana como las otras que le pudiese dar. No había diferencia para mí, porque hace rato me había perdido, y eso que siempre he llevado zapatos.

No insistió nuevamente, sólo dijo que si me gustaría dar un paseo descalza por las mismas montañas que en las que ella habitaba. Obviamente, sin pensarlo, dije que no, que muchas gracias, que ahora estaba muy ocupada, que tal vez otro día.

Han pasado varios años desde eso, ahora me preguntó cómo hubiese sido ese día. A veces me quito un zapato y dejo mi pie al descubierto, intento salir a la calle y tocar el cemento con éste, un frío recorre mi piel, las personas me dirigen miradas extras. Entiendo que no es lo mismo, pero es lo más cerca que puedo estar de ella, que de hecho no volvió a llamar. Y aunque llamase le diría que no, que muchas gracias, que ahora estoy ocupada y que tal vez otro día.